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lunes, 28 de noviembre de 2011

Aquellas viejas cosas.

Linares lleva a cuestas más de 300 años de historia. Lo cual se refleja en sus calles y algunas edificaciones...



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sábado, 20 de agosto de 2011

El girasol

Hay en el campo del Mayab, entre todas las flores sencillas y las hierbas buenas, esa flor alegre del girasol, que es redonda y amarilla y parece que alumbra en el monte.
Aquella flor que parece que te está mirando, no es a ti a quien mira, sino al divino Sol. Pero si ella no mira lo de abajo, tú miras lo de arriba en ella.
Para eso te ha sido dada. Para que te acuerdes de la luz, que no puedes mirar sin deslumbrarte.
Apenas la boca del día se abre para tragarse la noche, el girasol levanta su frente y se pone a mirar la luz de arriba.
Fija en ella está y la sigue contemplando en todo su camino. Parece que esa flor humilde ha llegado a tener la figura del Sol. Porque no mira más que a él, a él se parece.
Siéntate delante de ella y levanta tu espíritu a pensar, mientras la estás mirando.
Ve cómo la flor se abre y se pone a recibir el amor caliente y claro que baja sobre ella. Y parece que no está para otra cosa, en medio de todo lo que hay sobre el mundo.
Verás cómo se dobla y da la vuelta, poco a poco, para estar mirando al sol que resplandece.
Verás cómo luego, cuando se acuesta el día y entra en el aire la oscuridad, ella se cierra y se recoge, para guardar la luz que ha recibido.
Míralo bien y apréndelo. Y cuando encuentres en tu paso esa flor dichosa, no la arranques, sino acaríciala con amor y suspira lleno de ternura.
Y si algo quieres procurar, procura ser dentro de ti como ella es, y proponte hacer, en tu corazón, lo que ella hace.
Antonio Médiz Bolio
La tierra del faisán y del venado (Fragmento).

martes, 16 de agosto de 2011


¿Escuchas? ¿Sientes ese rumor en el ambiente? No, no es el viento entre los árboles, es algo diferente. Pon atención y sabrás diferenciar. ¡Escucha!, es sonido de pies al marchar. Es sonido de los escudos de madera adornados con plumas chocando contra las espadas con filo de obsidiana. Es sonido de las lanzas de mil capitanes de guerra que vuelven de la campaña, victoriosos. ¡Son los Diez Mil los que vuelven!
¡Pronto! Llenen de flores traídas del monte las calzadas y el amplio sacbé. Que salgan los grupos de danzantes a recibir a los guerreros. Que las nobles doncellas se atavíen con el más fino algodón y pongan en sus cuerpos los más caros perfumes, las joyas de oro más relucientes, el jade más precioso para reconfortar el corazón de sus amados. Que los sacerdotes toquen las caracolas sagradas a todo pulmón y su eco resuene por entre la selva. Que se enciendan hogueras en lo alto de nuestros templos y su resplandor sea visible desde muy lejos. Y los reinos vecinos se den cuenta que hoy será día de fiesta en nuestra ciudad. Que los dioses se complazcan y se regocijen junto con su pueblo. Que los corazones de los miles de cautivos alimenten a nuestro sol y éste se vea siempre propicio ante nosotros, sus fieles. Que las lluvias sean abundantes. Que las tiernas mazorcas de maíz broten en nuestros campos y alimenten al pueblo. Que no nos falte el venado y el faisán, la tierna carne del pavo que habita en los montes. Que la abundancia se manifieste en nuestro pueblo y en las comarcas vecinas.
Que la gente no deje de reír. Porque este día, yo, la reina de esta ciudad, saldré a recibir a mi rey que vuelve, imponente, invicto, de la guerra. Traigan las sandalias con hilos de plata para calzar sus pies. La corona de oro y turquesas. Los mantos más finos, con las plumas más coloridas. Preparen el banquete más espléndido. Que este día es día de celebración….
¡¡Desdichada de nuestra reina!! Desde aquella noticia, ha perdido por completo la razón. Nuestra blanca flor que antes adornaba el palacio imperial con su belleza se ha convertido en una ermitaña que se refugia entre los aposentos. El cabello en desorden, la mirada vaga, el habla inconexa. No ha querido darse cuenta de que nuestra ciudad ha caído en desgracia. Que la selva ha ido invadiendo de a poco los caminos, las chozas del pueblo, los blancos templos de nuestros dioses. Que el propio palacio se cae en pedazos. Que la peste diezmó a nuestro pueblo, que las cosechas cesaron. Que extraños enemigos de fuera han venido y han arrebatado a esta tierra la vitalidad que antes la distinguía. ¡Pobre de nuestra reina! Triste, como cervatillo que ha perdido a su madre, vaga por entre las habitaciones, persiguiendo esa voz que la llama y que ella nunca puede alcanzar. Su rey se fue para siempre. Y eso es algo que ella no ha querido aceptar. Pero aquí estamos nosotros, sus fieles sirvientes, para velar por ella. Sin embargo, ya ella no es de este mundo. Que los dioses se apiaden de su alma y la lleven pronto al descanso junto a su amado rey.

domingo, 29 de mayo de 2011

La mano de sangre.

En las paredes de los viejos templos del Mayab, en las ciudades muertas, hay estampada, muchas veces, una mano de sangre.
Si nunca la has visto, el agua fría del espando te bañará el cuerpo cuando la veas. Y si ya la conoces, nunca dejarás de detenerte delante de ella, callado y meditando.
Roja es la mano de hombre pintada sobre la pared, lo mismo sobre el estuco fino que sobre la piedra pulida, a lo alto de un brazo levantado por un hombre de pie.
Es tal como si un hombre hubiera empapado su mano de sangre y la hubiese apoyado, de palma, sobre el muro. Es una cosa que hace temblar.
Entras al templo, solo y contigo mismo, y vas despacio hasta que llegas frente a la mano de sangre. Ella está allí y la ves toda roja, en lo sombrío de la sala; misteriosa como una marca hecha en el fondo del tiempo, y llena de majestad, como la imagen de un dios.
¿Qué estás pensando?
Es un enigma extraño que te pregunta desde lo más hondo y lo más oscuro, y tú le respondes preguntándole. Nada más.
Piensas en que te han contado que es la señal de un príncipe que mató a su hermano y que luego fue por todas las ciudades, errante y triste, y en dondequiera que se apoyó dejó la estampa de su mano ensangrentada.
Piensas en que te han dicho que esa mano era el sello del dominio que ponían
los guerreros vencedores sobre las ciudades vencidas, cuando iba acabando el gran Mayab.
Y piensas todo lo que se le ocurre pensar al que está frente a una cosa extraña y muy antigua, que no comprende.
Los indios viejos a quienes interrogas se callan, y bajan la cabeza y no te dicen nada. Quizá ellos lo saben, pero no lo dicen.
Si alguno hablara de ello, te diría que esa mano de hombre no fue puesta allí por ningún hombre. Y tal vez quien esto diga, diga algo de la verdad.
Muchas manos hay de éstas que marcan con sus signos rojos los desiertos templos antiguos, a lo largo y a lo alto de las paredes de piedra silenciosa.
En las salas huecas y oscuras no hay nada que hable sino esas manos, que parecen vivas y que hablan sin voz. Tú las oyes, pero no las entiendes.
Allí aparecieron, hace varias veces mil años, y se mostraron de repente y hablaron a los que las podían comprender.
Su señal de sangre no está sólo en la superficie, sino que traspasa el revoque de cal, y traspasa la piedra gruesa, y a veces llega al otro lado, como si el muro hubiera chupado la sangre de la marca roja, y en todo el cuerpo ancho de la pared se hubiera pintado igual por dentro. Si tienes valor, rompe una de estas piedras antiguas y sagradas, en que está el signo de la mano, y por dondequiera que la partas, la forma de la mano encontrarás. Viendo esta cosa maravillosa, ¿piensas que los hombres son los que la han hecho?
En los tiempos en que llegó Maní, que quiere decir que "todo pasó", éste fue su signo y su anuncio. Cuando lo vieron aparecer, los hombres huyeron de las ciudades santas y las despoblaron.
Entonces fue cuando desaparecieron las cabezas de ciertas estatuas de los dioses que ya no debían de ser vistas.
Entonces fue cuando los secretos de la blanca sabiduría se ocultaron en los pozos profundos, y cuando en todas partes se tapiaron las puertas del santuario antiguo. ¡Entonces fue cuando todo pasó!
Pero la mano roja quedó estampada en las paredes, y después de tiempos que nadie puede contar, los hombres la ven y palidecen, y ella habla sin voz, y el que la escucha no la comprende, pero tiembla.
Hijos de los hijos del Mayab, hijos de los hijos ciegos y sordos de la gran sabiduría, vosotros, los que habéis de venir en el día que se acerca, naceréis con ojos para ver y oídos para oír y con luz dentro de vosotros para comprender.
Vosotros, que habréis vuelto de lo hondo del tiempo a pisar la tierra sagrada del Mayab, oiréis todos sus enigmas y los explicaréis al mundo.
Entre tanto, no nos queda sino estar callados y palidecer....
Antonio Médiz Bolio
La tierra del faisán y del venado (Fragmento).

domingo, 23 de enero de 2011

Saltillo.

Algo tiene Saltillo, que siempre hace que vuelva allí. Aunque pase mucho tiempo entre cada visita. Tiene que ver mucho esa mezcla de montañas y desierto. Y que aun guarde muchos aspectos de ciudad de provincia.

Donde hay fachadas coloridas que han resistido el paso del tiempo.

Y hay calles empedradas, con enormes árboles que proyectan su sombra y crean una atmósfera como de cuento de García Márquez.
Y donde se pueden tener vistas geniales de los alrededores.
Y en cada rincón hay siempre caminos que nos llevan a sitios donde tal vez podamos encontrar algo interesante.
Como el perfil de algún habitante del desierto, recortado contra el cielo casi siempre despejado.
O una miríada de pequeñas plantas que logran cautivar la atención.
O pequeños roedores socializando, a los cuales resulta interesante observar.
La historia de la región no sólo se encuentra sobre la superficie, sino también bajo ella. Y nos habla de gigantes que alguna vez caminaron por ese mismo suelo.
Y de seres que poblaron vastos mares hoy inexistentes, y que dejaron su huella plasmada en piedra.
En tanto que, muchísimo tiempo después, se erigían estructuras que hoy le dan identidad a la ciudad.
Muchas veces, los restos del pasado nos muestran la dirección que el futuro podría tomar.
También el pasado deja constancia del paso de personajes relevantes.
La ciudad crece, y muchas de esas cosas antiguas, son transformadas y redefinidas.

Sin importar los cambios, se erige como el corazón de toda esa región.
Lo que se manifiesta en su actividad política y cultural.
Y hay colorido hasta en los detalles más pequeños y en apariencia menos significativos.
Ante ciertas fachadas, lo único que uno puede hacer es callar. Y entender.Y, sobre todo, imaginar. La vida antes y la vida después de nosotros.Y aun sigo sin encontrar la respuesta a por qué me agrada esa ciudad.