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martes, 24 de julio de 2012

La loquita.

Ahí estaba. Sentada en una de las mesas de la biblioteca. Era la primera vez que la veía, a pesar de ir con frecuencia a ese recinto. No recordaba haberla visto antes, pero llamó mi atención.  Su aspecto era desaliñado, aunque nada habría podido hacer pensar en el hecho de que padecía de sus facultades mentales. Estaba absorta en su labor, eso sí, muy emocionada a juzgar por su semblante. Con hábiles movimientos enhebraba una aguja e iba ensartando cuentas de colores una por una hasta formar un collar de bisutería que, una vez terminado, levantaba orgullosa para mirarlo a contraluz y después probar cómo se vería en su cuello. De su bolso sacaba rollos de alambre, tijeras, más cuentas de colores, bolsas de plástico y un sinfín de chucherías que colocaba sobre la mesa con cierta parsimonia, pese a su evidente emoción. Miraba una y otra vez sus creaciones puestas sobre la mesa, murmuraba cosas inaudibles mientras sonreía y se daba a la tarea de seguir ensartando cuentas de plástico en el hilo de la aguja. Ahora bien se hacía un anillo con un alambre en forma de O rodeado de, adivinaron, cuentas de colores. O sacaba semillas de alguna fruta (aun con restos de pulpa) y las prensaba entre dos piezas de plástico transparente, pasando sus manos sobre ellas una y otra vez. Hacía esto con un esmero y una devoción que ya muchos quisiéramos tener. Nuevamente sonreía al ver terminada alguna de sus creaciones y verla puesta sobre la mesa. No creo que se haya dado cuenta de que yo había interrumpido mi lectura y la observaba con detenimiento, intrigado y a la vez maravillado por su dedicación. Fue entonces cuando sacó de su bolso un enorme corazón hecho de alambre entretejido en 3D. Estaba inconcluso. Lo tomó en sus manos, lo miró detenidamente, como analizando de qué lado continuaría formándolo sin echarlo a perder. Se puso a trabajar en ello, aunque al parecer se cansó de esa labor, pese a haberle hecho un buen avance. Al igual que con las piezas anteriores, lo levantó orgullosa, mientras le colocaba un pedazo de hilo a manera de collar y se lo colocaba en el pecho para ver cómo le lucía. Acto seguido, sacó una libreta vieja, una pluma y una calculadora (quién sabe cómo la consiguió). Durante varios minutos, sólo se oía el constante beep beep de su calculadora digital mientras ella realizaba quién sabe qué clase de cuentas, hacía anotaciones, murmuraba para sí, se contaba los dedos y sonreía otra vez.  Imaginándose tal vez cuánto ganaría si vendía todo lo que había hecho. Al final, loca de atar no creo que haya estado, pero ya no pude quedarme más tiempo para averiguarlo. Tuve que retirarme de la biblioteca porque se me hacía tarde para una cita. Tomé mi mochila y me dirigí a la puerta. La loquita enhebraba otra aguja. Y fue la última vez que la vi. 

martes, 16 de agosto de 2011


¿Escuchas? ¿Sientes ese rumor en el ambiente? No, no es el viento entre los árboles, es algo diferente. Pon atención y sabrás diferenciar. ¡Escucha!, es sonido de pies al marchar. Es sonido de los escudos de madera adornados con plumas chocando contra las espadas con filo de obsidiana. Es sonido de las lanzas de mil capitanes de guerra que vuelven de la campaña, victoriosos. ¡Son los Diez Mil los que vuelven!
¡Pronto! Llenen de flores traídas del monte las calzadas y el amplio sacbé. Que salgan los grupos de danzantes a recibir a los guerreros. Que las nobles doncellas se atavíen con el más fino algodón y pongan en sus cuerpos los más caros perfumes, las joyas de oro más relucientes, el jade más precioso para reconfortar el corazón de sus amados. Que los sacerdotes toquen las caracolas sagradas a todo pulmón y su eco resuene por entre la selva. Que se enciendan hogueras en lo alto de nuestros templos y su resplandor sea visible desde muy lejos. Y los reinos vecinos se den cuenta que hoy será día de fiesta en nuestra ciudad. Que los dioses se complazcan y se regocijen junto con su pueblo. Que los corazones de los miles de cautivos alimenten a nuestro sol y éste se vea siempre propicio ante nosotros, sus fieles. Que las lluvias sean abundantes. Que las tiernas mazorcas de maíz broten en nuestros campos y alimenten al pueblo. Que no nos falte el venado y el faisán, la tierna carne del pavo que habita en los montes. Que la abundancia se manifieste en nuestro pueblo y en las comarcas vecinas.
Que la gente no deje de reír. Porque este día, yo, la reina de esta ciudad, saldré a recibir a mi rey que vuelve, imponente, invicto, de la guerra. Traigan las sandalias con hilos de plata para calzar sus pies. La corona de oro y turquesas. Los mantos más finos, con las plumas más coloridas. Preparen el banquete más espléndido. Que este día es día de celebración….
¡¡Desdichada de nuestra reina!! Desde aquella noticia, ha perdido por completo la razón. Nuestra blanca flor que antes adornaba el palacio imperial con su belleza se ha convertido en una ermitaña que se refugia entre los aposentos. El cabello en desorden, la mirada vaga, el habla inconexa. No ha querido darse cuenta de que nuestra ciudad ha caído en desgracia. Que la selva ha ido invadiendo de a poco los caminos, las chozas del pueblo, los blancos templos de nuestros dioses. Que el propio palacio se cae en pedazos. Que la peste diezmó a nuestro pueblo, que las cosechas cesaron. Que extraños enemigos de fuera han venido y han arrebatado a esta tierra la vitalidad que antes la distinguía. ¡Pobre de nuestra reina! Triste, como cervatillo que ha perdido a su madre, vaga por entre las habitaciones, persiguiendo esa voz que la llama y que ella nunca puede alcanzar. Su rey se fue para siempre. Y eso es algo que ella no ha querido aceptar. Pero aquí estamos nosotros, sus fieles sirvientes, para velar por ella. Sin embargo, ya ella no es de este mundo. Que los dioses se apiaden de su alma y la lleven pronto al descanso junto a su amado rey.

lunes, 21 de febrero de 2011

Un simple encuentro.

Ahí estaban los dos. Frente a frente. Paralizados los músculos. De sorpresa uno, de cautela el otro. Sólo unos cuantos metros los separaban y hacían la diferencia. Antonio había estado dando golpes incesantes con el machete en la vegetación, con tal de abrirse paso. Tenía que recolectar más hojas de palmilla si quería que valiera la pena tanto esfuerzo de estar días enteros metido en el monte junto con su hermano y su primo. Ya había reunido una buena cantidad, misma que se disponía a enrollar para llevarla al sitio que tenían como campamento.
Un ruido de movimiento en la vegetación y el crujir de ramas a su espalda lo hicieron ponerse alerta. Cogió el machete. Era pequeño, pero algo de filo tenía, así que por lo menos daría pelea. Volteó en todas direcciones. Nada. Con los nervios crispados, dejó de hacer lo que estaba haciendo. Un sudor frío le recorría la espalda. La respiración agitada. Siempre fue muy miedoso. Desde pequeño le asustaban hasta los ladridos de los perros en la noche y los alaridos de los gatos en celo en el tejado de su vecina. Pero lo que oía ahora era diferente. Una especie de ruido sordo. Un ronroneo...pero muy grave.
Sonido de ramas quebrándose. A su izquierda. Y pudo ver de qué se trataba. Un enorme jaguar. Había escuchado repetidas veces a su abuelo y a los viejos del pueblo sobre sus encuentros con el "tigre", pero esta era la primera vez que lo tenía de frente. A tan pocos metros. Y sin opción para escapar.
Con la mano temblorosa, sujetó el machete, mientras lo blandía de un lado para otro en actitud amenazadora. No serviría de mucho. Era muy pequeño. El jaguar sólo miraba fijamente. Puesta su mirada férrea en él Agachó las orejas y descubrió sus formidables colmillos. La cola balanceando de un lado a otro. Los músculos en tensión, como dispuesto a saltar. Comenzó a moverse. Antonio se paralizó de terror. El jaguar avanzó un par de pasos. El corazón de Antonio latía apresuradamente. El animal dio entonces un enorme salto. Antonio contuvo la respiración, esperando sentir en un instante el peso del animal sobre él, mientras le sujetara el cuello para rematarlo. No sucedió eso. En su lugar, el jaguar aterrizó sobre una saliente rocosa, mientras se volvía de nueva cuenta hacia él y emitía un feroz rugido...
Suaves maullidos provenientes de una oquedad en la roca le hicieron ver que el motivo por el cual el jaguar estaba allí era para proteger a su prole. Con el cuerpo aun temblando de susto, pero aliviado a su vez de que no pasó lo que temía, Antonio tomó el fajo de hojas de palmilla apresuradamente, para después alejarse cautelosamente del sitio, volteando a ver de vez en cuando. Al hacerlo la última vez, el jaguar y sus cachorros desaparecían entre el monte.

viernes, 14 de enero de 2011

El Inicio

Perdiéndose en el vasto mar interior del embalse, la embarcación avanza. A bordo lleva el Objeto. Los tripulantes saben cuán laborioso fue haberlo obtenido, después de haber cruzado serranías con tal de conseguirlo. Tampoco fue fácil arrebatarlo a la comunidad que lo resguardaba. Fue necesario primero cierta dosis de diplomacia, otra tanta de audacia y mucho de desvergüenza para, al final, hurtarlo. Salieron a relucir los machetes, su filo alumbró la oscuridad de aquella madrugada, en tanto que los ladrones huían a través de la selva llevando consigo el preciado Objeto. Sorteando los peligros que ésta encierra. Habían perdido a Villegas, quien en la huida no se fijó donde pisaba y fue a caer a una profunda sima abierta en la piedra caliza del cerro. Fracturas, picaduras de insectos, encuentros con víboras. Ninguno de ellos se encontraba del todo ileso. Al gordo Rosique se le descompensó la glucosa. Se desmayó en el último tramo y tuvieron que dejarlo abandonado a su suerte. Venían pisándoles los talones y habría sido una monserga cargarlo todo ese último tramo hasta la lancha. ¿Qué más daba, una pérdida humana, si ya tenían lo que tanto buscaban? Todos ellos ya veían lo que vendría. Entrevistas, proyección internacional, fama, dinero. Lo que todos buscan. Este episodio sería tan solo un mal sueño, un breve resbalón en el escalafón al éxito que tanto buscaban y que tanto les había eludido. No más burlas, no más escarnios. Les harían tragarse sus palabras. Uno a uno. A todos los que dijeron que iban en pos de un mito. A quienes les cerraron puertas. Ahora tendrían el regocijo de verlos retorcerse hasta las heces por la envidia. Con ese Objeto, tenían el futuro asegurado.
Todo eso pensaban mientras la lancha se abría paso contra el caudal del río. La luz del día ya alumbraba plenamente y dibujaba en el horizonte la silueta azulosa de los cerros cubiertos parcialmente de niebla. Por sobre el ruido del motor aun alcanzaban a escucharse los llamados estruendosos de los monos saraguatos sobre las copas de los árboles. El Objeto iba bien resguardado. Los de la lancha pensaban que éste había cambiado de dueño. Lo que no sabían es que, en realidad, las cosas eran al revés. Pronto se darían cuenta de ello...

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Historias cortas de largas vidas

Cáncer cervicouterino terminal. Eso era lo que el médico había diagnosticado a la paciente del cuarto 23 de ese mísero hospital de provincia. No había más posibilidades de recuperación. Acostada en la cama, rodeada de tubos y perforada por agujas, la chamana languidecía paulatinamente. Su aspecto poco hacía pensar que se trataba de una figura de autoridad en su comunidad y una de las causas de bonanza económica del pueblo. Pocas personas la visitaban. La mayor parte del tiempo permanecía inconsciente, ajena al mundo. La enfermera de turno entró a lavar a la enferma y cambiar sábanas. Brusca, sin la más leve consideración. Hizo un gesto de desagrado ante el olor que se iba acrecentando con los días, conforme el mal avanzaba. Estaba tan concentrada en su ofuscación que no percibió el leve zumbido de los colibríes que revoloteaban alrededor de la cama. Tampoco notó las relucientes patas de oro de la misma. Mucho menos logró ver los cientos y cientos de flores que brotaban del cuerpo de la sabia anciana. Un quetzal resplandeciente observaba desde la cabecera de la cama. Esperando. Los niños santos la miraban desde el otro lado del umbral. Indicándole el camino que debía seguir. Sólo tenía que dejarse ir, liberarse. Llegó la noche. Al amanecer, la enfermera brusca regresó a la habitación para checar a la enferma. Un cuerpo lánguido yacía entre sábanas del algodón más fino y las orquídeas más hermosas. Pero esto tampoco lo vio esa mujer mundana. Sólo anotó "hora de deceso: 7:00 a.M." El sol empezaba a alumbrar aquel pueblito de la sierra. Un hálito etéreo flotaba sobre la habitación. El quetzal lo absorbió. Y sólo hasta entonces emprendió el vuelo, libre, hacia las montañas. De pie en el palco del palacio, contemplando los jardines del mismo y la ciudad a sus pies, el viejo dictador medita. Toda una vida dedicada al genocidio, a hacer del país lo que su voluntad (o capricho) mandaba. Hoy es su onomástico. Grandes mantas llenan la ciudad con su imagen y la utopía de un patriarca amado por su pueblo. Ha llegado a los 80 años con una lucidez asombrosa y una fortaleza proverbial. Y no se ve para cuándo abandone el mando. Ni el mundo. Observando la ciudad a sus pies, sonríe con satisfacción. El fin justificó los medios...Y mientras la fastuosa celebración se llevaba a cabo en los jardines y salones del palacio, afuera el pueblo pertrechado se preparaba para tomar por asalto el edificio y cobrar venganza por los agravios cometidos. Sería cuestión de tiempo.
-¡Qué bonita es usted, señora! Y muchas gracias por estos panecillos. Mis favoritos son los de avena con chispas de chocolate. El doctor dice que no los puedo comer por tanta azúcar. Pero no me importa, me como unos a escondidas. Es usted muy bondadosa. ¡Y qué bonitos sus hijos! Y sobre todo, muy bien educados. En estos tiempos hay muchos niños malcriados. No quite el dedo del renglón, tiene que seguir educándolos. ¿Y ese ramo de flores? ¿¿¡¡¡Para mí!!!?? No se hubiese molestado, señora. Es usted muy bondadosa con esta pobre vieja. Ojalá y más personas en el mundo fuesen como usted, que no se olvida de los ancianos....Y a todo esto...¿cómo se llama?
-Laura...me llamo Laura, señora...-dijo ella sonriendo, aunque tenía un nudo en la garganta y los ojos ligeramente llorosos por las palabras que tenía en mente y no podía hacer salir: ..y soy tu hija...¿no lo recuerdas?

Mientras la pedicurista se afanaba en hacer un buen trabajo, Luis (el estilista de cabecera) aplicaba shampoo en el cabello de doña Martha. Como regalo de cumpleaños, su sobrina Lea había ido por ella al apartamento en el que se recluyó desde su viudez y habían pasado un buen día en las tiendas del centro comercial. Doña Martha escogió un perfume con esencia de ylang-ylang "Es que me recuerda el perfume que me regaló tu tío cuando se me declaró" le había confesado. Ahora estaban en el salón de belleza. Doña Martha estaba lo más de relajada y contenta por el trato que estaba recibiendo. La pedicurista anunció que había concluido con su trabajo y que ahora le tocaba el turno a las uñas de las manos. "¿Tienes un catálogo de esmaltes? ¿qué es lo que está de moda ahora? Quiero algo que nadie más use". La empleada le mostró pacientemente los colores y combinaciones disponibles. Después de checar cada uno de ellos, se decidió por el que le pareció más elegante.
Aplicando tijeretazos con calculada destreza, Luis le daba forma a esa cabellera plateada. Procedió a aplicar el tinte elegido por su clienta. A peinar. Aquí, allá. Rociando con spray donde fuese necesario. Al terminar, le dio un espejo para que se pudiese observar mejor. Doña Martha sonrió, contenta con el resultado. Seguía siendo hermosa no importando las arrugas, los anteojos y la dentadura postiza. No importando sus desaparecidos atributos juveniles, mártires de la gravedad.
Esa tarde, de regreso al apartamento, doña Martha no cesó de contemplarse en el espejo retrovisor del vehículo. Miraba sus uñas esmaltadas. Aspiraba el aroma de su perfume de ylang-ylang. Y se vio nuevamente de 20 años. Con todos los recuerdos de esa época. Al llegar al edificio de apartamentos, el guardia de seguridad en turno simplemente exclamó:
-...Pero doña Martha!!! Luce usted absolutamente hermosa!!!

jueves, 12 de agosto de 2010

Omawari

Omawari dormía. Más bien, estaba sumida en una especie de letargo. Sin embargo, parte de ella se conservaba atenta a lo que ocurría a su alrededor. Su hogar en lo alto de la sierra se hallaba rodeado por hielo y nieve. No había cesado de nevar en dos días. Los pinos se habían cubierto de blanco hasta donde la vista alcanzaba. El alimento escaseaba y las temperaturas iban en descenso. El invierno en esta región era de una belleza que bien podría acarrear consigo muchas penurias para aquellos que no estuviesen preparados para recibirlo. Mas no era el caso de Omawari. Tenaz, con una vitalidad sorprendente, había logrado llegar a su madurez y ahora se preparaba para un evento importante en su vida. Sin embargo, resentía la falta de alimento. Había perdido peso. De vez en cuando, la vida que se gestaba en su interior provocaba pequeñas revoluciones, haciéndole agitarse y perder la serenidad. Sabía que debía resguardarse para poder recibir a la criatura. Y para estar a salvo de cualquier peligro. En su estado era asunto muy delicado andar merodeando en el exterior.
Omawari notaba cambios en su cuerpo conforme la gestación avanzaba. También en su temperamento. Por momentos se ponía irritable. Otras veces le daba por retozar en los prados y jugar con cuanto objeto se le pusiera enfrente, como cuando era cachorro. También le daba por probar todo tipo de alimentos. Otras veces andaba inapetente. Se paraba a la orilla de los ríos y sólo veía pasar los peces de un lado a otro, siguiendo su trayectoria con la mirada, pero sin la intención concreta de capturarlos. Sabía, sin embargo, que bajo su condición debía alimentarse muy bien. Sólo ella proveería alimento para la cría. Una nueva vida dependería enteramente de ella. En ese momento tal vez no lo sabía. Pero el instinto se encargaría de hacerle ver su responsabilidad.
En la oscuridad de esa cueva, Omawari sintió los esfuerzos de esa nueva vida por salir al mundo. Dolores intensos, espasmos. Contracciones y dilataciones. Sangre, fluidos extraños y placenta fueron el resultado de horas de esfuerzo. Una minúscula bola de carne sin pelos chilló agudamente en la cueva. Otra pequeña bola le imitó en el acto. Ciegas ambas, indefensas e incapaces de valerse por sí solas en el mundo exterior, se aferraron a esa tabla de salvaguarda que representaba la madre en ese momento. Y de ella no se soltarían durante mucho tiempo más.

martes, 1 de junio de 2010

Historias de palmilleros.

I
El día aclaraba. Los cerros, que durante la noche tan sólo se observaban como gigantes moles amorfas, ahora se iluminaban y dejaban ver el abigarrado tapiz vegetal que los cubría. Era una mañana fría. La niebla avanzaba como un manto grisáceo sobre el valle, proveniente de los picos más altos. La humedad hacía resplandecer la hierba, goteaba de las hojas de los árboles y nutría las corrientes intermitentes que desaparecían bajo las rocas para resurgir kilómetros más adelante en forma de manantiales. Una parvada de guacamayas verdes cruzó el valle, llenando el aire con sus roncos llamados mientras se dirigían a sus habituales sitios de alimentación. La actividad en el pequeño poblado iniciaba. Los perros se desperezaban, ladrando hacia los rebaños de cabras que a esa hora eran conducidos a sus lugares de pastoreo.


Un jinete cruzaba el camino principal. Tras él, una mula con varios costales repletos de hojas de palma. El fruto de varias jornadas de trabajo internado en el monte alto. Hacía más de 4 días que había dejado a su familia en el pueblo para ir a los sitios de corte de la palma, dispersos entre los cerros. Con el paso del tiempo, había aprendido a localizarlos todos. El corte tenía que ser selectivo, escogiendo siempre las hojas que estuvieran en mejores condiciones. Y movilizándose continuamente para no sobreexplotar un solo lugar en particular. Cuando se acababa el corte en un sitio, había que moverse a otros. Búsqueda continua entre los cerros. Montaban campamentos improvisados en el bosque. Muchos sitios eran prácticamente inaccesibles aun a caballo, por lo que había que tomar los sacos e ir por su cuenta. Escalando, si era necesario. A pesar del calor, de las incesantes nubes de mosquitos voraces, abriéndose paso a filo de machete. Muchos riesgos tenían que correr para obtener una paca de buen volumen. Caídas con consecuencias fatales, la nauyaca y otras serpientes venenosas, las infestaciones con garrapatas, el jaguar o "tigre", un ataque de oso....la soledad. Todo ello tenía poca importancia para el jinete. Lo recogido en esa jornada lo llevaría a vender a Ocampo. No, mejor a Mante. Parte de las hojas las usaban en las florerías para sus arreglos. Otro tanto eran compradas supuestamente para ser exportadas a E.U. y obtener de ellas colorantes para teñir los billetes de dolar. En verdad, poco le importaba el destino que le dieran a su cargamento, siempre y cuando se lo pagaran bien. Cosa que se antojaba poco menos que imposible. Todos los que se dedicaban a eso sabían que el rollo de hojas era pagado a precios irrisorios. Sin embargo, no había otra actividad económica que les redituara ingresos. Desde el decreto de la reserva por parte del gobierno federal, la caza estaba prohibida, así como la explotación comercial de la madera. La agricultura sólo podía practicarse a nivel de subsistencia. El turismo venía representando últimamente una alternativa de desarrollo, pero éste estaba subordinado a la temporada del año. Y con múltiples necesidades que atender, se veía en la necesida de irse al monte a cortar la palma. Era eso o emigrar. Lo cual también estaba considerando seriamente. Sus opciones se le acababan. Una de dos: seguir en las montañas, con su estilo de vida, aunque sufriendo carencias. O irse a la ciudad, o al otro lado, a ser obrero o peón al servicio de alguien más. La incertidumbre. Siempre en torno al dinero, a la necesidad económica. Se preguntaba por qué era tan necesario. Por qué no se formaba una comunidad, una sociedad, en la que no fuese necesario ni se midiese el valor de una persona por lo que poseyera. Utopías. Por el momento, no le quedaba más que espolear al caballo para que apresurara el paso junto con la mula. Con rumbo a la ciudad.

martes, 27 de abril de 2010

Via Appia

-Sereno, el director toma su lugar frente a la orquesta. Con el vaivén acompasado de sus manos va marcando la pauta del ritmo y la melodía. El piano inicia con un sonido grave, muy grave, casi en el límite de la audición. Un monótono y opresivo boom-boom-boom-boom. El timbal pronto se une a este compás, seguido del clarinete bajo. Siempre en el límite de lo audible. Suave. Como el sonido de una muchedumbre en la lejanía.... -Un aire de incertidumbre se cierne ese día sobre la ciudad imperial. Muchos meses han pasado desde que las legiones partieron hacia el Ponto Euxinus y las noticias que se han recibido han sido pocas y contradictorias. En todos los hogares, desde el palacio real hasta las chozas de artesanos y obreros, hay mujeres esperanzadas en el pronto regreso de un padre, un hermano, un esposo o un hijo. Mientras los niños juegan en las plazas, el viento hace mecer suavemente los pinos de la Vía Appia. El ritmo de la vida fluye, a paso lento, pero continuo. Mercaderes de diversos puntos del imperio ofertan sus productos. Frutas, flores, joyas, incienso, perfumería, bestias exóticas....esclavos.
Desde lo alto del Janiculum, viendo hacia Brindisi, se puede observar una nube de polvo. Pequeña en un principio, pero con el transcurrir del tiempo va creciendo. Un ligero estremecimiento, un ruido sordo comienza a escucharse en las afueras de la ciudad. Pasos. Pasos al unísono. De una enorme compañía que se aproxima....
-Tras los primeros movimientos orquestales, un clarinete empieza a marcar lo que será la melodía base en el resto de la sinfonía. No de súbito, sólo unas cuantas notas. En tanto que, paulatinamente, la sección de vientos se va incorporando a la marcha marcada por las percusiones. Siempre en un tono suave, como presagiando lo grandioso que puede ser lo que viene...

-Corren rumores por toda la ciudad. La ansiedad aumenta. Mujeres, ancianos y niños se vuelcan a las calles, expectantes. El sonido de la muchedumbre se acrecenta. No sólo de sus pisadas. Fuertes sonidos metálicos, como de armaduras y lanzas. Jinetes a caballo. Carros de combate. El reflejo de la luz del sol sobre miles de cascos y escudos incide sobre las colinas y es visible desde varios kilómetros a la redonda....
-Un oboe solitario, melancólico, resuena. Como un profundo lamento o un suspiro nostálgico por lo que se ha perdido. Calla de súbito. Un par de trompas retoma la melodía propuesta antes por el clarinete. Esta vez en tono más audible, en constante escalada, aunque contenidas por sus sordinas. El boom-boom del timbal y el tono grave del piano continúan como la base de todo ese collage de sonidos que poco a poco va tomando forma.
-Muchas preguntas se forman en las mentes de quienes han salido a las calles a esperar a la multitud que se aproxima. Mujeres que se asoman inquietas a las ventanas y balcones. Inquietud que radica en la incertidumbre del regreso de ese a quien tanto esperan. Los niños han cesado de jugar. La emoción los embarga. Hasta pareciera que las mismas aves han enmudecido ante el clima de tensión que se vive. A lo lejos se escucha el resonar de trompetas, gritos y barullo. Podrían ser de una multitud derrotada. O de victoria.


-A la sección de vientos, se unen las cuerdas. Punteadas primero, luego con el arco. Los contrabajistas parecieran querer destrozar las cuerdas con semejante ímpetu. La sección de vientos completa responde a la dirección del maestro. Trombones, trompetas y trompas repiten al unísono y cada vez más fuerte la melodía. Los violines contribuyen con sus armonías a dar el toque necesario para que la obra adquiera dimensiones estratosféricas.
-De los pueblos al paso de las legiones se han unido ya muchos habitantes. Algunos para verlos pasar. Otros para recibirlos. Panderos, danzas y cantos parecen indicar que el regreso de los legionarios trae consigo cosas muy buenas.

-¡Y ocurre! A la orden del director, toda la orquesta estalla en clímax. Cada sección independiente de la otra, pero todas juntas para crear de esa mezcla de sonidos una composición armoniosa que hace retumbar las paredes de la sala de conciertos por su cantidad de decibeles. El rostro del director, adusto y severo, refleja sin embargo la emoción que le embarga con cada nota in crescendo. El golpe del címbalo da pauta a una nota sobrecogedora, por parte de los músicos de los bombardinos. A todo pulmón, despertando tal vez a más de uno que ya dormitaba en la sala.

-Las trompetas vuelven a sonar. Ahora en la entrada de la ciudad. La multitud estalla en júbilo. Y brotan de todas partes flores, listones, guirnaldas, para celebrar el regreso del ejército. Al frente de las tropas, el mismísimo emperador. En un carruaje incrustado de marfil y pedrería, tirado por caballos blancos y vistiendo el manto púrpura que lo distingue. El semblante altivo bajo la corona de laureles. A sus pies, las coronas de los tantos reyes vencidos en esa campaña. Tras él, sus generales, y todo el cuerpo de la caballería. La euforia del pueblo no conoce límites. Las madres, las esposas, los hijos, todos se arremolinan para verles pasar y reconocer entre ellos a quienes tanto han esperado. Alguna, con satisfacción, calman sus temores. Otras permanecen en la duda y otras tantas pierden sus esperanzas. El llanto y el júbilo se combinan en ese momento. Es turno de la infantería pesada y sus centuriones, marchando en estricto orden. Después la infantería ligera, cargada con el botín de guerra. Desde tesoros hasta personas....Todos desfilando a lo largo de la Vía Appia. Hasta llegar a las puertas mismas del Capitolio y el templo de Júpiter, a quien dedican esa victoria militar. Familias enteras se reencuentran. Y la emoción embarga a más de uno de aquellos soldados.

-La emoción permea en ese lugar con cada nota. Los violines, frenéticos. Las trompetas, trombones y el resto de la sección de vientos, incontenibles. Las percusiones constantes. Hasta el propio director se estremece ante la intensidad que ha alcanzado la sinfonía. Ante cada movimiento de sus manos, la orquesta responde maravillosamente. Los decibeles saturan el aire. Estalla el címbalo, más notas fortísimas de los bombardinos. Y a la orden del maestro, los músicos culminan con un final apoteósico e inigualable. El público se entrega en aplausos. La orquesta se pone de pie y agradece. Y el director sonríe satisfecho. Sabe que se ha anotado una victoria más. La última de su carrera.

martes, 23 de marzo de 2010

Hace 150 millones de años....

Hambriento, el cazador merodea cerca de la costa. La luz del sol filtrándose a través del agua del océano se refleja en su lomo como una intrincada red de fibras blanquecinas que ondean con cada movimiento de su voluminoso cuerpo. Su sombra se proyecta sobre el fondo de corales y esponjas que marcan el límite de la zona pelágica. Han pasado varios días y la búsqueda de presas ha resultado infructuosa. Sumamente irritado, se aleja de la línea costera para internarse en mar abierto. Su cabeza asoma ligeramente sobre la superficie del agua. Toma una profunda bocanada de aire y se sumerge. Tal vez encuentre un calamar gigante, de los que habitan en profundidades mayores. Conforme se va sumergiendo, la visibilidad se reduce. Eso no es un obstáculo. Su olfato ultra sensible puede captar partículas odoríferas de las especies que se encuentren merodeando a su alrededor, incluso las no tan próximas. Hace un vigoroso movimiento de sus aletas anteriores, en tanto que pliega las posteriores para cobrar velocidad en su descenso. Su enorme cabeza se mueve constantemente de lado a lado, tratando de captar hasta la más sutil señal que indique la presencia de potencial alimento. Sus ojos, imposibilitados para ver, se hallan cubiertos por una membrana traslúcida que los protege de cualquier elemento irritante. La búsqueda, sin embargo, continúa sin rendir frutos.
Una leve señal y el instinto de matar se acrecienta. La señal viene de arriba, de la superficie. Detiene su descenso, curvando su cuerpo hacia abajo y quedando momentáneamente en suspensión. Su hocico escudriña, tratando de determinar de dónde viene exactamente esa señal. Ya la ubicó: kilómetro y medio más adelante, cerca de los arrecifes. Emprende el camino hacia la presa. Con cautela, sabe que un movimiento apresurado puede hacer que ésta huya y se refugie en un sitio inaccesible para él. Aprovecha el juego de luces y sombras que provoca la luz solar conforme se va aproximando a la superficie para desdibujar su silueta y que la presa no se dé cuenta de su presencia. Ésta posee un cuerpo compacto, que flota plácidamente en la superficie en tanto digiere los peces capturados hace unos instantes. Sus aletas son cortas, pero efectivas para desplazarse rápidamente. Su cuello largo le ayuda a coger alimento que se encuentre relativamente alejado. No se halla desprotegida. Posee filosos dientes que pueden asestar mordidas considerables. Su vista y su olfato están sumamente desarrollados. Sin embargo, no es rival para el arsenal del cazador.
Pese a su cautela, el depredador es detectado. Cuello Largo hace un repentino movimiento de aletas y comienza a alejarse a su mayor velocidad posible. Sin embargo, en estas situaciones el cuello largo es desventaja, porque aumenta la resistencia del agua a su desplazamiento. Al cazador le basta un nuevo aleteo para acelerar. Cuello Largo se desplaza raudo, "volando" como los pingüinos bajo el agua, tratando de alcanzar la zona de arrecifes, donde puede encontrar refugio. Si pudiese mirar de reojo se daría cuenta que el cazador está cada vez más próximo, e incluso vería con claridad las hileras de enormes dientes que asoman de sus mandíbulas. El cazador abre las fauces, dispuesto a dar una dentellada certera. Cuello Largo, con un movimiento de la cola, cambia súbitamente de dirección, librando la mordedura. Las quijadas se cierran con tremenda fuerza, produciendo remolinos de espuma y burbujas. La persecución continúa. Hacia arriba, hacia abajo. Sobre la superficie pueden verse ocasionalmente las aletas o los lomos de ambos animales zigzagueando, describiendo curvas, trazando hilos en el agua a una velocidad inusitada para seres de tal corpulencia. Pese a su relativa agilidad, Cuello Largo no consigue llegar a los arrecifes, el cazador le corta todas las vías posibles. Un enfrentamiento sería desigual. Haciendo uso de sus últimos recursos, Cuello Largo se impulsa nuevamente y nada lo más rápido posible. Ha logrado ponerse fuera del alcance del cazador. O éste se cansó de perseguirlo. Ya más tranquilo, gira su cabeza en todas direcciones para cerciorarse de que no ande aun merodeando. Nada. Calma absoluta.
Una fuerza brutal hace elevar a Cuello Largo y casi volar por los aires. Un par de fuertes mandíbulas se cierran en torno a él, dientes como sables atraviesan piel, músculo y huesos a la par que vigorosas sacudidas del cazador le rompen las vértebras cervicales. Cuello Largo no se percató que el cazador acostumbra atacar también desde abajo, donde la mayor parte de las presas no tienen campo visual. Fue tal el impulso del cazador que éste también sobresale del agua, vertical. La imagen del monstruo cobrando su víctima que se retuerce moribunda entre sus fauces parece detenerse un instante dentro del incesante avanzar del reloj geológico. Bramidos profundos, de victoria por parte de uno y de agonía por parte de otro, acompañan al sonido de las olas rompiendo contra la línea costera. El cazador vuelve a sumergirse, llevando el cuerpo inerte de su presa. Líneas de sangre van marcando su trayectoria. De Cuello Largo sólo quedarán despojos, arrastrados por las olas hasta la arena de la playa.

jueves, 11 de marzo de 2010

Alta (in)fidelidad

Te parecerá extraño que te reciba con tanta calma. Después de todo, sabes que yo sé dónde has estado realmente…y con quién. No, no me vengas con ese argumento de que la junta se prolongó más de la cuenta, de que no contestabas mis llamadas porque estabas en una zona sin cobertura o porque se te había acabado la batería del celular. Mucho menos pienses que te creeré que ese olor a loción de no sé qué es producto de las muestras gratis que te dieron en Palacio de Hierro. Chingados!!! Por qué clase de pendejo me tomas?? Crees que no sé de tus ligues en el Facebook?? De tus citas en el blog?? “Son sólo amigos” Sí claro!!! A los amigos se les escoge, pero tú le has quitado a conveniencia las dos primeras letras, cabrón!!!
Lo habíamos hablado desde un principio. Nada de pendejadas extramaritales. Y nos lo advertimos muy claramente. Incluso tú más que yo. ¿Dónde quedaron esas promesas? Carajo!! Es que si me ibas a engañar, por lo menos hubieses tenido la amabilidad, no para conmigo, sino hacia ti mismo, de ser discreto!!! O acaso dime ¿era necesario que estuviera preocupado a altas horas de la noche porque no llegabas a la casa? Y te hablaba y me decías que Arreola necesitaba ayuda con los diseños para la nueva campaña publicitaria y que te era “super necesario” quedarte con él a “cola-borar”?? Y qué de tus viajes “de negocios”?? Ah?? Desde cuándo las convenciones se hacen en moteles?? Y no digas que no!!! Que tienes la muy poca precaución de conservar los tickets de pago. Claro, y yo de pendejo pensando todavía “bueno, Vallarta está muy saturado en esta época del año, así que si no encontró habitación de hotel….” Pero quién me manda, coño!!! Quién me obligaba a creer tan ciegamente en ti!! Y peor aun, a serte fiel cuando quién sabe dónde y con quién te revolcabas, cabrón. Valgo acaso tan poco para ti que me olvidas en cuanto ves al primer par de nalgas que se te pone enfrente?? Valgo tan poco que no eres capaz siquiera de mirarme a los ojos y encararme con la verdad?? Como lo estás haciendo en este instante??
Ya no espero que me digas la verdad. Simplemente eres incapaz de hacerlo. Tus maletas están en la puerta. Así que tómalas y, por favor, no regreses. No quiero estar con alguien que no puede mostrar siquiera un ápice de fidelidad en reciprocidad a la mucha que le he tenido. Que a fin de cuentas, los gastos de la casa siempre los he pagado yo. Hasta nunca, cabrón!!!
….Mientras el infiel se marchaba cabizbajo, el cornudo observaba con detenimiento desde la ventana. El ceño fruncido, ni una sola seña de remordimiento. Algo le decía que esto no era el final. Mas bien el principio. Un susurro a sus espaldas le sacó de su ensimismamiento:
-Y bien?? Ya se fue??
-Sí, ya no será ningún problema.
-Crees que se habrá dado cuenta que tú y yo estábamos….??
-Para lo que me importa!!! En qué nos quedamos, rey???

martes, 2 de febrero de 2010

26-04-37

Densas columnas de humo negro se elevaban por sobre las ruinas de la vieja ciudad. Enormes flamas brotaban de las ventanas y techos de las casas que aun quedaron en pie. El olor a carne quemada impregnaba el aire de la tarde. Un caballo enloquecido corría a todo galope por entre las calles. Su crin en llamas ondeando al viento ofrecía un espectáculo siniestro. No se sabía exactamente cuántas víctimas habían resultado del ataque. Se hablaba de cientos, miles tal vez. Por el momento, no era tanto la cantidad lo que importaba. Era primordial, más bien, rescatar a quienes aun estaban con vida.
Caminando tambaleante por la calle principal de la ciudad, Iñaki trataba aun de asimilar lo que había sucedido. Desde hace días se hablaba de un posible ataque de las tropas insurrectas. Muchas poblaciones vecinas ya habían sido atacadas previamente. Sin embargo, nadie esperaba que ese lunes, día de mercado, tuviera un final tan funesto. A eso de las 4:30 de la tarde se escuchó un retumbar en el cielo. Más de 60 aviones, entre bombarderos y cazas, aparecieron de súbito. Mucha gente quedó estupefacta. Las pocas vendedoras de fruta que había en la plaza, los transeúntes que a esa hora se apresuraban a volver a sus casas, los niños que jugaban en descampado. Un ligero estremecimiento los sacudió a todos. Previendo lo peor, comenzaron a correr para guarecerse. Se contaba con refugios. Sin embargo, la población no tenía una alarma que diera aviso de un ataque aéreo. Los que corrían oyeron a sus espaldas un zumbido, más bien un silbido prolongado. Luego se oyeron muchos más. Y ocurrió. El primer estallido y la casa de la familia Goicoerretxea, conocidos comerciantes de la ciudad, voló por los aires. A la par, cientos de bombas adicionales hacían blanco en las casas y edificios de diferentes barrios. Un Heinkel pasó en vuelo rasante sobre una de las avenidas, ametrallando a la multitud aterrorizada que huía buscando refugio. Varios aviones más hacían lo mismo, incluso en las fincas ubicadas en las afueras.
Iñaki se encontraba en la plaza del mercado al momento que inició el ataque. Vio cómo las bombas incendiarias arrasaban con los puestos y los viejos edificios que se ubicaban alrededor. Vio la gente que corría para que, en un instante, un estallido los desmenuzara y arrojara partes humanas en todas direcciones. Vio caer a muchos de ellos, víctimas de las balas. La gritería de la multitud se mezclaba con los alaridos de terror de los animales y el ruido incesante de los estallidos y las bombas que seguían cayendo sobre la ciudad, formando una cacofonía que habría de acompañarle en sus recuerdos por el resto de sus días. Iñaki corría, sin saber a bien hacia dónde. Su único pensamiento era salvar la vida. Una bomba incendiaria alcanzó otro blanco, del lado derecho de la calle donde se encontraba. Por todos lados veía escombros, incendios, personas arrastrándose lastimeramente por haber perdido una o ambas piernas. Al doblar en una esquina el estallido de una bomba a sus espaldas le cimbró hasta los huesos. Sintió que los oídos le reventaban. La onda expansiva lo arrojó varios metros en el aire, azotándolo contra un automóvil estacionado. Perdió noción de todo cuanto ocurría a su alrededor.
Cuando recobró el conocimiento, ya estaba oscureciendo. Aturdido, trató de incorporarse y el enorme dolor que sintió en las costillas se lo impidió un momento. Haciendo un esfuerzo, se tomó del poste de un farol que aun quedaba en pie y se levantó. Miró a su alrededor. Aunque veía la catástrofe que se había producido, no podía escuchar más que un incesante zumbido dentro de su cabeza. El denso humo y el polvo de los escombros dificultaban la visión más allá de unos metros. Aunque sordo, sentía las vibraciones de los ocasionales estallidos que aun a esa hora se seguían produciendo en puntos aislados. Levantó la vista. Aun podían verse aviones pasando de un lado a otro, disparando de cuando en cuando. Comenzó a caminar. "¿Hacia dónde me dirigía?" fue lo que pensó. Ya no importaba. No se veía una sola casa o edificio en cuadras a la redonda que hubiese quedado intacto. Caminando dificultosamente, trataba de entender qué es lo que había sucedido y por qué. No encontró respuesta. Una mujer histérica salió de entre las ruinas. El rostro desfigurado por el dolor, el cabello cenizo por tanto polvo, sus ropas desgarradas y chamuscadas. Sangrante, sostenía en brazos a su hijo. Su cabeza colgaba inerme a un costado de la madre. Sus pequeñas manos sobre el pecho. Sus ojos aun abiertos, ya sin brillo alguno. Otra mujer imploraba ayuda, con medio cuerpo aplastado bajo un bloque de piedra. No le quedaría mucho tiempo más. Por todas partes había muertos, fragmentos humanos, personas heridas, otros tantos que se empeñaban en ayudar a quien lo necesitara. Una anciana deambulaba con una lámpara en mano, la mirada perdida, trémula toda, su piel de una palidez mortecina, balbuceando frases que nadie entendía. Un par de jóvenes la auxiliaron, arropándola con una manta que hallaron quién sabe dónde, y la llevaron a un sitio seguro. Iñaki siguió caminando. Al pasar por la plaza principal se dio cuenta, no sin sorpresa, que el edificio del cabildo y el árbol de la comunidad habían resultado sin daño alguno. Lo tomó como una broma cruel. Seguía preguntándose por qué el ataque, si su ciudad carecía de importancia estratégica. No había depósitos de armas, ni cuarteles ni tropas de ningún bando. El ataque había sido un absurdo total. Más tarde se sabría que el bombardeo había sido un "experimento" de los alemanes y el general Franco para probar el poder de su aviación y su armamento (los primeros) y para amedrentar al bando republicano (el segundo).
Y siguió caminando. Sin darse cuenta, estaba casi en las afueras de la ciudad. Cuando miró a su alrededor, notó que se hallaba en lo que quedaba de la finca de los Erentxun. Sus vecinos. Entonces recordó. Quería dirigirse a casa. Corría a su casa. A donde su madre y sus hermanos. Y la angustia volvió. Miró ansioso en todas direcciones, esperando que su casa hubiese quedado en pie. En efecto, ahí seguía. En parte. Al entrar en ella, notó que todo estaba en desorden. El corazón le latía aceleradamente. Comenzó a remover escombros, temiendo lo peor. No encontró ni siquiera rastros de sangre. Buscó entre los cuartos, el patio trasero, incluso el sótano. La angustia se le transformó en llanto. De desesperación, de rabia por lo ocurrido, de impotencia. Postrado en tierra, el rostro cubierto con las manos. Una mano se posó sobre su hombro izquierdo. Levantó la vista. Lo peor no sucedió...

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Cuitlachcoyotl

La luna brillaba a plenitud en esa fría madrugada sobre los picos más altos de la sierra. Su luz azulosa se reflejaba en la escarcha formada sobre los troncos de los encinos y en las pencas de los agaves, matizándolo todo con un aura fantasmagórica. Una lechuza ululaba, atentos sus oídos ante el más leve sonido que indicara la presencia de una presa. Su silueta durante el vuelo silencioso era la única señal de vida a esa hora. Un gordo ratón imprudente vino a calmar su creciente apetito.
Acurrucado en una madriguera abandonada, Gris trataba de conciliar el sueño. El intenso frío se lo impedía. También la herida latente en su anca derecha, producto de su última pelea con una bandada de coyotes por los restos putrefactos de un borrego cimarrón. Hecho ovillo, con el morro acomodado en la cola, el vaho de su propia respiración le proporcionaba algo de calor. Su estómago gruñía. Hacía semanas que no probaba un buen bocado. La poca carne que le quedaba al borrego estaba en una condición tal que no tardó en vomitarla después de haberla comido. Sentía poca energía. Dos días antes los perros del ranchero lo habían correteado durante varias millas cuando quiso hacerse de uno de los becerros del rebaño, y tuvo suerte de que el ranchero no lo matara a tiros porque éste tenía mala puntería y porque, además, un oso negro se apareció de la nada, distrayéndolo de su labor de caza. Jadeante, fatigado y lleno de espinas había vagado de aquí para allá, sin ver nunca a uno de los suyos, por territorios desconocidos,. Territorios que fueron alguna vez propiedad de otras manadas.
Manada…cuán extraña y distante le parecía ahora esa palabra. Poco quedaba en él que hiciese pensar que en algún tiempo perteneció y lideró una de las manadas mejor organizadas y más poderosas de la comarca. Juntos vivieron tiempos de bonanza, juntos fueron los lobos más respetados en millas a la redonda. Vinieron, sin embargo, tiempos difíciles. El conflicto constante entre la vida silvestre y los intereses humanos comenzó a cobrar sus víctimas. Uno a uno sus congéneres fueron cayendo. Abatidos a tiros, envenenados como ratas, capturados en humillantes trampas. Se puso precio a su cabeza, la guerra fue sin cuartel y no conoció límites en cuanto a crueldad y devastación. Tenidos por sabandijas, temidos como alimañas, en ningún lado estuvo segura su existencia, excepto en los picos más elevados de las montañas y en los valles remotos perdidos en lo profundo del bosque. Cada día se hicieron menos frecuentes los aullidos al atardecer. Los pocos que se escuchaban, más que saludos o mensajes de regocijo, eran profundos lamentos por lo que fue y ya no habría de ser. Gris vio irse a sus padres, sus hermanos, su loba y su última camada de lobeznos. Uno a uno, sin posibilidad de hacer algo por solucionar la situación. De manera instantánea o en medio de una terrible agonía. La única opción era huir con los pocos que le quedaban. La tristeza dio paso a la más honda desesperación.
Todo esto recordaba Gris esa fría madrugada. Muchos pensamientos se agolpaban en su mente. Hambre, frío, cansancio, odio a los humanos, miedo, espinas clavadas, heridas abiertas, pulgas, frío intenso, tengo que comer, malditos humanos, me comeré a sus perros, muerte, mi manada, sangre por doquier, más frío, que ya amanezca, carne podrida, heridas latentes, coyotes infames, fui líder, soy nada, hambre, hambre, HAMBRE, venganza, miedo….SOLO….ESTOY SOLO…SOY EL ULTIMO….y al llegarle estos pensamientos sintió una oleada creciente que venía desde su interior. Una sensación imposible de describir, un sentimiento…furia contenida como un enorme nudo en las entrañas y que pugnaba por salir, apretando su esófago y haciéndolo temblar aun más que el frío. Un repentino e irresistible impulso le hizo ponerse de pie, y cerrando los ojos y levantando el hocico rompió el silencio de esa madrugada con un lastimero aullido. La lechuza sobre el encino giró su cabeza ante este súbito sonido espectral, cargado de melancolía, de soledad, de desamparo. Gris prorrumpió en nuevos aullidos, ahora más fuertes y prolongados. Poco le importó que con ello delatara su paradero a los rancheros y cazadores. Por cada nota in crescendo, las paredes de granito de las montañas le respondían de manera amplificada, rebotando su eco en todas direcciones, dando la impresión de que se hallaba rodeado de más lobos, como en los viejos tiempos. Gris se sintió acompañado, se le figuró escuchar el tono grave de su padre en su propio eco. Las notas agudas de su pareja, los chillidos y ladridos de sus cachorros. Y su aullido tomó un cariz diferente. De esperanza, de que tal vez muy pronto se reuniría con ellos en quién sabe qué ignoto lugar. Su canto fue descendiendo en intensidad. Las últimas reverberaciones del eco resonaron en los cañones y picos de la sierra. Y todo volvió a ser silencio.
Gris permanecía de pie. Su anca derecha, temblorosa. El dolor, punzante. Sobre el horizonte, una tenue luz se asomó. Primero en tonos rosas, que se convirtieron en amarillos y naranjas, para dar paso a un resplandeciente rojo. Había amanecido. El silencio, sin embargo, continuaba. Gris estaba a punto de echar a andar cuando un sonido lo detuvo en seco. Paró las orejas, atento a la naturaleza y dirección del sonido. No, no era el rugido del puma, ni los alaridos de los coyotes, ni el ronco sonido del oso. Era…sí, un aullido de lobo!!! Lejano y apenas audible. Pero esperanzador….

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Necesidades Especiales

Sábado a mediodía. Afuera, la ciudad transcurre con la rutina de un fin de semana más. Adentro, el espejo de una habitación cualquiera de un lugar cualquiera refleja dos cuerpos. Dos personas, dos perfectos cabrones, dos mundos opuestos y con pocas similitudes que, sin embargo, han decidido en ese momento darse el todo por el todo. No son neófitos, cada uno sabe lo que hace con el otro. Con un largo camino recorrido en esto de las artes amatorias, cada quien pone de sí para no dejarse aventajar por el semejante. La temperatura se eleva, el sudor corre. Las manos suben y bajan, entran y salen, en una labor ardua y ansiosa de reconocimiento del terreno, de encontrar el punto exacto en el cual doblegar al otro y hacerlo pedir más. Los dedos se entrelazan, las manos estrujan, los brazos rodean, las lenguas se encuentran, exploran cada rincón buscando respuesta en forma de un suspiro, un quejido leve o un gemido profundo. Los labios se funden en un beso. Los besos se vuelven peregrinos. Recorriendo geografías corporales bajan por el torso, se entretienen en la curva de la espalda y hallan al fin destino entre las piernas del contrario. Los cuerpos se admiran, se desean, se dicen cosas al oído. A sabiendas de que hay condicionantes.

“Soy tuyo aquí y ahora” fue lo que Número 1 dijo desde un principio. Número 2 dijo aceptar los términos. En el fondo, muy a su pesar. Pero ¿para qué se hace el tonto? Ya sabía que a eso iba, y que de eso no pasaría. Así que ¿por qué esa sensación de tristeza? Número 2 está siendo muy ingenuo…y muy inmaduro. Al final, acepta la situación. Después de todo, si es “aquí y ahora” hay que hacer que valga la pena. Y Número 2 se esmera. Número 1 se abandona a las sensaciones que éste le provoca. Que son muchas. E intensas. Los movimientos se tornan más urgentes, menos controlados. La habitación se llena de murmullos, quejidos, suspiros, resuellos, gemidos. Las caderas van y vienen. Arriba, de lado, de frente, de rodillas, de espaldas. Ambos se entregan sin reservas. Los cuerpos se embisten, sus dueños se sorprenden mutuamente de lo que son capaces de hacer. Y entonces ocurre. Número 1 estalla en un orgasmo intenso, incluso espasmódico. Número 2 hace lo propio. Ambos se desploman, exhaustos. Pero satisfechos.

Número 1 tiene que irse. Hay alguien más que lo espera. Con quien comparte sus días y la mayor parte de las noches. Se viste casi de inmediato. Un breve abrazo de despedida y un hasta pronto. Y se va…..Número 2 se queda, en medio de una apacible tristeza, tonta nostalgia anticipada. Sonríe levemente para sí. Gira la cabeza hacia la almohada contigua, ahora vacía. Uno más…¿o es acaso uno menos??

Es muy probable que nunca vuelvan a verse. Al menos no en persona. Al menos no tan cercanamente. Sin embargo, cabe la ligera posibilidad (sí, muy ligera), de que cada quien se cruce por los pensamientos del otro. Aunque sea de forma fugaz. Y que ese sábado a mediodía en una habitación cualquiera de un lugar cualquiera sea recordado. Y que ese recuerdo trascienda lo momentáneo y lo intangible. Tal vez, sí. Sólo tal vez...Just another sucker dream.

jueves, 29 de octubre de 2009

Sequía

Días…semanas….meses…3 años ya que cielo se rehusaba a derramarse en lluvia. Las cosechas se perdieron. El grano del maíz se calcinó apenas tocó la escasa tierra que se deposita sobre esa gran concha de roca en la que se asienta el reino. Las milpas que ya estaban crecidas se marchitaron y fueron como paja. No maduraron las mazorcas. Las espigas ardieron como estopa, produciendo nada más que desencanto y desesperación. Día con día, el sol inclemente castigó la tierra, hiriéndola con incesante calor infernal, subyugándola bajo el peso del sopor de saber que el tiempo pasaba y las reservas de alimentos se agotaban paulatina, pero constantemente. Se borraron las sonrisas. Cesaron las danzas, los cantos, los juegos de los niños. Cada vez era necesario ir más profundo en los contados pozos que aun tenían líquido. En vano las súplicas del campesino, los ritos sacerdotales, las ofrendas propiciatorias, las doncellas sacrificadas, la sangre del rey en sus autoflagelaciones. Un cielo incandescente se cernía sobre las ciudades, tostando las piedras de los edificios y monumentos, haciendo pesado hasta el simple hecho de respirar.

Los árboles fueron despojados de sus mantos de hojas. Callaron las aves, su plumaje perdió color. Una a una caían de las ramas como la fruta madura que nunca fue cosechada. Las que pudieron, volaron lejos de allí. Las fieras se disputaban siquiera un rincón en los pocos sitios donde aún había agua. El venado perdió miedo al jaguar. Éste, demasiado débil siquiera para gruñir quedamente. Y por último, bebían juntos. Donde antes había profundos pozos ahora sólo se veían amplios boquetes, heridas abiertas en la tierra. Heridas con pestilencia a muerte y podredumbre. Día tras día, las negras auras y los gavilanes dieron cuenta de cada uno de los habitantes del monte. Sobrevolando el descampado, agrupándose en parvadas, listos los picos y las garras para lanzarse sobre las criaturas, aún estando moribundas. La tierra entera gemía y se lamentaba. Y su lamento subía hasta el cielo. Más no conmovía a los dioses…
...Tengo hambre, madre, y me siento muy débil. Hace mucho calor. Es de noche y hace mucho calor. Madre, ¿cuándo acabará esto? ¿por qué los dioses están enojados y nos castigan así? Débil estoy y los mosquitos me molestan mucho. Madre, ¿puedes prender el sahumerio? Así se irán estos bichos. Yo no puedo hacerlo, mis piernas apenas me sostienen. Mi estómago gruñe, ¿lo oíste? Ya nuestros vecinos se han ido. Y tú, madre, esperando a papá. Él prometió regresar, nos lo dijo muy claro. Y que traería provisiones. Sé que lo hará, madre. Siempre ha cumplido su palabra. Parece que tarda su regreso, pero sé que no es así. ¿No lo crees tú también?

Él volverá, junto con las lluvias. Ya lo verás, madre. La tierra cantará de nuevo. Esa canción dulcísima, como las que tú inventabas cuando ibas con tu cántaro al pozo de la aldea. Y cuando vengan las primeras lluvias, entre todos mis amigos haremos una gran balsa de troncos y navegaremos por el gran río, jugando a que somos guerreros. Y tú volverás a sonreír, madre. Y te arreglarás el cabello como tanto te gustaba hacerlo. E irás con cántaros nuevos al pozo, tarareando alguna nueva canción que se te haya ocurrido. Que será hermosísima, ya lo sé. Y tomarás un ramilletito de flores del jacinto que crece en las orillas de la laguna, y te lo pondrás en tu cabello. Y yo, a tu lado, me sentiré el niño más orgulloso del reino, por tener a la mamá más bella del mundo. Y los vecinos estarán de acuerdo conmigo….
¿Verdad madre, que todo esto sucederá? ¿Verdad que será pronto?

….Recostada sobre su estera, la madre sonrió levemente. Acarició el rostro de su pequeño. Dijo “buenas noches, mi príncipe”, le besó la mejilla y se levantó a encender el sahumerio. Volvió a recostarse. Aunque estaba muy cansada, tuvo que hacer un gran esfuerzo para que el pequeño no la oyera sollozar….
Silencio absoluto. El monte, alguna vez de verdor exuberante, era ahora sólo una sucesión interminable de troncos secos y huesos blanqueados. Sangre y hedor llenaban la tierra. Las aldeas vacías. La gran ciudad, antes rebosante de vida, ahora estaba habitada sólo por fantasmas y unos cuantos medio vivos que no pudieron emprender el éxodo masivo…
Desde el norte, sobre la línea del horizonte, donde la tierra se juntaba con el mar turquesa apareció una pequeña mota blanca. Insignificante. Pasaron algunas horas. La mota blanca no venía sola. Como un contingente de guerra, grandes nubes se aglomeraron y formaron un frente. El viento, antes seco y quemante, ahora venía cargado de humedad, como el mensajero que trae buenas nuevas. Sopló con furia, removiendo las hojas secas, formando torbellinos con ellas, llevándose el hedor a muerte que impregnaba todo. El cielo cambió de aspecto. De azul celeste al más oscuro cobalto. Estalló el relámpago. Resonaron potentes truenos. Y sucedió. Una…dos….cientos…miles, millones de gotas se precipitaron en un diluvio torrencial sobre la comarca sedienta. La tierra recibió en sus entrañas semejante bendición. Y la tierra cantó, sólo una vez más. Y su canto fue hermosísimo. Dichosos los que vivieron para escucharlo.

miércoles, 7 de octubre de 2009

El escarlata con el blanco.

Ya era de tarde. Ixlabanqué estaba preocupado. Desde la mañana había enviado al pequeño Sáasil al monte a buscar a los pájaros kuuk´um-chak, aquellos de plumas color escarlata, que le servirían para completar el tocado que llevaría Ek-Balaam, gran señor de la comarca que en los próximos días celebraría su boda con la princesa Nicté-Ha, hija del rey K´inich-Ajaw, sabio gobernante, respetado y temido tanto por su sapiencia como por su valentía en el campo de batalla. El tocado estaba casi completo. Con largas plumas de quetzal traídas desde montañas distantes a encargo de los mercaderes de la región, una delicada filigrana de oro que bordeaba la estructura que se ajustaba a la cabeza y que se intercalaba con pequeñas piezas de jade y turquesa, además de plumas amarillas, verdes y azules de múltiples aves que poblaban los montes cercanos. Pero faltaban las de color escarlata, las que son símbolo de prosperidad y larga vida. Ya el pequeño Sáasil le había acompañado en múltiples ocasiones en esas correrías a la selva, en búsqueda de las aves. Ya el niño se había aleccionado sobre el arte de derribarlas con una cerbatana que disparaba pequeños dardos con punta redondeada, para aturdirlas y capturarlas sin darles muerte, o de elaborar ingeniosas trampas que debían revisar frecuentemente, llevando los pájaros capturados a jaulas que su padre tenía en el patio de la casa y en las que se les prodigaban sumos cuidados para que repusieran su plumaje y así tuviesen un abasto constante de materia prima.



En las últimas semanas, sin embargo, muchos pajarillos amanecían muertos. El colorido de su plumaje se apagaba, y junto a las jaulas se veían pequeñas huellas, como de niño. “Nostalgia de la selva” pensaba el chico, “el Señor del Monte no está contento, los aluxes tampoco, hemos de ser propicios para con ellos” pensaba Ixlabanqué. Había olvidado que, antes de cualquier cacería o captura de animales, era necesario hacer el ritual con el que se solicitaba permiso al Señor del Monte para que éste fuera benévolo y no aconteciese un infortunio a los cazadores. Nadie había visto jamás al Señor del Monte, sin embargo, se le temía y reverenciaba. Nadie se acercaba a la laguna Yumka´ax, en lo profundo de la selva, puesto que allí era su morada. Quien osaba acercarse, simplemente desaparecía.
Ixlabanqué no podía concentrarse. Le preocupaba la suerte de su hijo. Dejó a un lado el trabajo que estaba realizando. Cogió morral y machete y partió presuroso por la vereda que conducía a las milpas de la aldea y después al monte alto. Un solo pensamiento le ocupaba “Que no se haya acercado a la laguna, siempre se lo he advertido”. Lo repetía constantemente, y la angustia derivada de ello le hizo apresurar el paso. Llamó a su hijo a voz en cuello. Respondieron los monos en lo alto de los árboles. Llamó de nuevo. Respondió el lúgubre canto de las palomas. Volvió a llamar, la voz quebrada, los ojos llorosos…Silencio absoluto y sobrecogedor.


Continuó su búsqueda. Sintió que le seguían los pasos. Chiflidos de todas direcciones, risillas ahogadas, movimiento de la vegetación, guijarros que le eran lanzados por manos invisibles en lo alto de los árboles. Se sobrepuso al temor y llamó de nuevo a su hijo. Sólo escuchó su propio eco. Llamó de nuevo. Esta vez reconoció la voz de su pequeño. Venía en dirección del norte…donde estaba la laguna. Ixlabanqué esta vez corrió a toda prisa, no importándole herirse con los bejucos que se interponían a su paso. Escuchó risas. Risas de niños. Risas de su propio hijo. Como si estuviera jugando. Pero ¿con quién?. Haciendo un esfuerzo adicional, llegó a la roca que señalaba el límite que los humanos no debían cruzar. Unos metros más adelante, la laguna. Miró ansiosamente en todas direcciones en busca del niño. Nada, nadie. Fijó su vista en la playa arenosa. El corazón le dio un vuelco. Ahí estaban los huaraches de su hijo, acomodados prolijamente junto a su morralito, su cerbatana y una guirnalda de flores. Vio sus huellas en dirección al agua. Junto a éstas, muchas otras huellas, de pies pequeñitos. Y sobre la superficie plácida de la laguna, las plumas color escarlata, contrastando con el blanco de los nenúfares….