martes, 27 de noviembre de 2012

Reportándome.

Había estado sin escribir desde hace un buen tiempo. Al terminar la maestría, la beca cesó automáticamente, así que desde junio la situación económica ha sido un poco precaria. No me quejo, al contrario, he aprendido sobre el valor de ahorrar y eso me ha puesto en movilización para conseguir un trabajo. Por otro lado, también me siento contento de haber concluido la maestría y de haber presentado el examen de titulación =D Al principio me sentía bastante tranquilo, sólo como hasta una hora antes del examen fue que me empezaron los nervios, jeje. Pero todo salió bien. Fui aprobado, ya hice los trámites en rectoría y tendré que esperar por el título un par de meses. Ahora estoy en la disyuntiva de regresar a Tabasco con la familia y pasar las fiestas decembrinas allá, o moverme hacia donde haya una oferta segura de trabajo. Por otro lado, me gustaría emprender algún proyecto. Algo que tenga que ver con agricultura orgánica y viveros de plantas de ornato y esas cosas. Y lo mejor: me siento feliz en compañía de alguien especial. Es del DF, pero vino a acompañarme a mi examen y en el fin de semana de mi cumpleaños. Así que con eso estoy, agradecido y con muchos planes.
Hasta aquí mi reporte, Adela. Vamos contigo al estudio. 

jueves, 15 de noviembre de 2012

Caricaturas viejitas.

Y por "viejitas", me refiero a muy viejitas. En este caso, los inicios de la animación japonesa en los años 30. Hay incluso referencias muy evidentes al bombardeo de Pearl Harbor.

Esta otra me gustó más, aunque no tiene subtítulos y no sé japonés, jeje. Así que uno puede ponerle los diálogos que guste. 

martes, 18 de septiembre de 2012

Catorceando.

Les dejo algunas imágenes que tomé este fin de semana en Real de Catorce. Fue un buen viaje y la compañía no pudo haber sido mejor. Esta es una vista del pueblo desde la habitación del hotel donde nos hospedamos.
El clima es bastante variable, de repente nublado y luego sale el sol y se vuelve a nublar. Eso sí, nunca se siente calor excesivo, por encontrarse en el altiplano.
Por su ubicación, las calles suben y bajan en todas direcciones, por lo que el recorrido puede implicar una buena condición física. Muchas construcciones no han sido restauradas y los nopales y agaves crecen entre sus muros. 
 
El panteón del pueblo tiene tumbas sumamente antiguas, muchas de las cuales ni siquiera son legibles ya. 
Hay un gran contraste entre la tranquilidad que se siente en estos lugares, a diferencia de la mayor actividad que se da en la llanura. 
 Aunque acá también se celebran las fiestas de rigor y con una algarabía inusitada.
No podía faltar el tradicional "Viva México".
 
Pese a los siglos de uso y abuso de la tierra, ésta aun se da la oportunidad de sorprender a los visitantes con paisajes fenomenales.

Y con vistas que uno podría no cansarse de contemplar en largo rato. Como esta vista desde lo alto del cerro El Quemado. 
Que es un importante sitio de peregrinación para la etnia huichol o wixárika. El lugar infunde respeto por la veneración que los peregrinos demuestran en sus ofrendas. 
La compañía, como mencioné, fue excelente. Un buen compañero de viaje. 

Me gustó tanto esta visita que, la verdad, no quería regresar. Pero sabiendo la cercanía a Linares, puede ser motivo para un viaje posterior. De eso no hay duda.  

viernes, 7 de septiembre de 2012

La montaña.

 Entre la gente del campo, es común denominar así a los sitios donde la selva aún se conserva hasta cierto punto inalterada. Esto para diferenciarla de los "acahuales", que son sitios con vegetación muy intrincada, en los que en algún momento se hizo desmonte y en el que la vegetación está en proceso de recuperación. En la "montaña", por el contrario, los árboles son altos y voluminosos y hay poca vegetación en el sotobosque. El ambiente es sombrío porque los árboles forman una bóveda que apenas deja pasar la luz del sol. El calor y la humedad son constantes y se siente en el ambiente un olor a vegetación en descomposición, producto de toda la hojarasca acumulada a lo largo del tiempo sobre el suelo. La vida sobreabunda, pero es críptica. Eventualmente los cantos de las aves y el sonido de los insectos y las ranas rompen el silencio que puebla estas comarcas. Las plantas están obligadas a crecer a ritmo desmesurado para merecer el beneficio de la luz solar. La materia orgánica está en constante tránsito. Nada se desperdicia. Cada hoja, cada fruto, cada árbol caído es inmediatamente invadido por organismos descomponedores que reintegrarán sus nutrientes al ecosistema. 



En Tabasco, hasta muy entrados los años 50 y 60, la selva cubría enormes porciones de su territorio. Con la puesta en marcha de grandes proyectos agropecuarios, la tala del monte se volvió un asunto masivo. Por todos lados hubo bulldozers, leñadores y fuego. Ahora la selva subsiste sólo en pequeñas porciones de la sierra limítrofe con Chiapas, en los Pantanos de Centla y como manchones dispersos en la frontera con Guatemala. 

Fue precisamente en la sierra donde me tocó conocer lo poco que queda de este ecosistema en el estado. Eran mis últimos semestres en la universidad y, siendo parte del personal del herbario de la facultad, hacíamos salidas frecuentes para colectar material. Amaba esas salidas. Si bien había que soportar mosquitos, garrapatas y demás bichos fans de la sangre, la oportunidad de ver lugares, plantas y animales increíbles hacían que valiese la pena cualquier penuria. Despertar en las mañanas por el ruido que hacen los monos aulladores, escuchar los cantos de las zacuas y demás aves, gozar del silencio y la lejanía de estos lugares...todo ello junto era una experiencia incomparable. También lo era escuchar las historias de la gente de las comunidades, los más viejos sobre todo, acerca de tiempos en los que lidiaron con las condiciones naturales para establecerse ahí. De cómo enfrentaban el riesgo de las víboras, las enfermedades tropicales, los encuentros con "el tigre", los conflictos por la tenencia de tierras. Y también historias de duendes, apariciones, seres fantásticos que poblaban las cuevas, los arroyos, manantiales y los árboles. De que cada vez que se internaban en la selva a cazar o juntar madera, era ocasión para pedir permiso al Dueño del Monte con tal de no sufrir ninguna contrariedad. Uno escucha esas historias no porque crea que sean ciertas, sino por la curiosidad inherente a saber qué piensa y cómo percibe la gente del campo su entorno, cómo se relacionan con éste. Era esperanzador ver en muchos de ellos atisbos de un interés por conservar el bosque, que estuviesen conscientes de la importancia que éstos tienen para la biodiversidad y los servicios ambientales que prestan. 


Hace años que no voy por esos rumbos. Las noticias que eventualmente leo a través de la red son cada vez más desalentadoras. Por aquí y por allá surgen, sin embargo, intentos loables de resguardar lo poco que queda. 

martes, 28 de agosto de 2012

De abuelos, niñez y otras cosas.

Nací en Tabasco. Mis abuelos paternos fueron gente de campo. A finales de los años 60 llegaron, junto con otro puñado de personas, en calidad de colonos a unos terrenos donde se constituyeron como ranchería y le nombraron "El Bajío". En la actualidad, con el crecimiento de la cabecera municipal de Cárdenas esta ranchería ha sido absorbida en parte por la mancha urbana, perdiéndose mucho de su carácter rural de antaño. Pero en la época en que ellos llegaron ahí, era un paraje selvático en el que abundaba toda clase de animales. Mi papá me contaba de cómo tuvieron que habérselas para tumbar la vegetación y abrir espacios para el cultivo y el ganado. Contaba de los monos saraguatos que, en las mañanas, rugían a coro. De los venados, tepezcuintles y armadillos. Contaba también de un pequeño río que cruzaba cerca de ahí, donde era posible encontrar tortugas, camarones y peces.
 Para la época en que yo de niño visitaba cada domingo a los abuelos, dicho río ya era sólo un cauce seco donde eventualmente se estancaba el agua de lluvia y se convertía en un enorme criadero de sapos y mosquitos. La selva que existía antes ahí había sido reemplazada por extensiones de potreros para el ganado y plantaciones de cacao, que serían lo más parecido a una selva que me tocó conocer en ese entonces. De la fauna que vivió, mi abuelo conservaba un par de cornamentas de venado que utilizaba como ganchos para colgar la ropa. Nada quedó de ello. En parte por lo que me contaban ellos y en parte por lo que leía en los libros, me imaginaba que al andar por los cacaotales súbitamente surgiría un venado corriendo entre la vegetación, huyendo del "tigre" (como llaman allá al jaguar), mientras una algarabía de monos y aves dominaba las copas de los árboles. Eventualmente, al husmear aquí y allá, era posible encontrarse culebrillas, insectos y uno que otro sapo gigantesco. Había muchos árboles de gran tamaño, que eran los que le proporcionaban sombra a las matas de cacao. Uno de ellos era una ceiba, de la que decía la gente del lugar que era punto de reunión de duendes y cosas así. 
Sin duda, las visitas dominicales a los abuelos eran interesantes. Podía corretear gallinas en el patio, alimentar a los cerdos, cortar guayabas, moler maíz para las tortillas y cacao para el pozol, jugar futbolito con las primas, ir a los potreros a ver a las vacas y ponerles sal en los comederos. O simplemente, soñar un rato con los ojos bien abiertos e imaginar que era un explorador en medio de la selva a punto de descubrir alguna pirámide antigua (aunque en realidad sólo fuese una pila de ladrillos dejada en medio del cacaotal). Fue, pese a todo, una buena época y guardo muy buenos recuerdos de ella. Ya les contaré después cómo fue estar en una verdadera selva.

martes, 21 de agosto de 2012

Asuntos ofídicos.

Para la gente que habita en campo, una de las mayores preocupaciones y algo ante lo cual siempre deben estar alertas, es el posible encuentro con reptiles venenosos. En México, especialmente en la zona tropical, son frecuentes los casos de mordeduras de víbora, muchos de ellos con desenlace fatal. En ese caso, la especie responsable es con mayor frecuencia la nauyaca (Bothrops asper). En las zonas áridas del norte, por el contrario, la especie venenosa más frecuente es la víbora de cascabel o Crotalus, que en México cuenta con numerosas especies, distribuidas en varios tipos de vegetación. Según especialistas, 35 de las 40 especies de víboras de cascabel habitan en nuestro país, muchas de ellas endémicas. Una de las especies más comunes en la región noreste (Nuevo León y Tamaulipas) es la cascabel diamantada (Crotalus atrox), misma que es frecuente encontrar en las zonas de matorral espinoso. Cuando trabajé en Reynosa, una de las principales preocupaciones de la gente que trabajaba en obra perforando pozos de gas era precisamente toparse con alguna de ellas. En mi caso, fueron pocas las veces que me topé con estos bichos en campo. Esta, por ejemplo, era un ejemplar de unos 50 cm que estaba enroscada debajo de unos macollos de zacate. Uno de los chavos de la obra fue quien la vio. Era un día muy frío de diciembre, así que estaba aletargada y en reposo. Aun así, muy prudentemente le sacamos la vuelta, jeje. 

Conforme pasan los meses de frío, las víboras empiezan a salir de sus madrigueras y aprovechan la luz del sol para termorregularse. Al andar en monte cerrado, había que poner atención precisamente en aquellos puntos en los que incidiera la luz solar, porque era probable que ahí estuviese alguna víbora tomando sol, como fue el caso de este otro ejemplar. 

 Por el contrario, durante la temporada de calor, hay que poner especial atención debajo de los arbustos, que es donde las víboras se enroscan para resguardarse en las horas más calientes del día. Por el diseño y coloración de sus escamas es fácil no advertirlas, entre la hojarasca y el juego de luces y sombras. Ese fue el caso con este ejemplar, mismo que estuve a punto de pisar porque venía abriéndome paso entre la vegetación con el machete, pero sin ver hacia abajo. Fue un leve movimiento de la víbora lo que me hizo darme cuenta de que ahí estaba. Un animal bastante grande, como de 1.80 m, y por ende, con suficiente veneno para provocar un verdadero desmadre. No hice sino detenerme en seco, el pie a un metro de distancia, cuando mucho. Retrocedí y llamé a mi ayudante para que trajese una vara larga y retirar a la víbora, por seguridad de ambas partes. Mi ayudante insistía en matarla, lo cual por supuesto no permití. Con ayuda de la vara, ahuyentamos del sitio al animal. Al desenroscarse es cuando pudimos ver cuán larga y gruesa era (sin albur) y la vimos internarse en el monte, fuera de peligro (nosotros, no ella)
Y así como abundan las víboras venenosas, también hay serpientes no venenosas que gustan de comerse a sus primas. Una de ellas es la culebra negra (Coluber constrictor), una especie que, aunque no venenosa, también puede ser agresiva con el hombre. Siempre que se produce un encuentro entre una de estas culebras y una víbora de cascabel, se sabe que el resultado será favorable a la primera, especialmente por su inmunidad al veneno y su ataque fulminante, dando muerte por constricción, como lo hacen los pitones y anacondas. En este caso, fue una piel producto de una muda lo que encontramos a la entrada de una madriguera. El cuero estaba casi completo y tendría una longitud de 1.80 m, más o menos. Por cierto, olía terriblemente.

En fin, espero que estos encuentros se mantengan como poco frecuentes. Por seguridad de todos =P